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Naturalización urbana

Un vistazo a la apariencia de nuestras ciudades y pueblos nos devuelve paramentos y superficies, fachadas y azoteas, calzadas y muros, protagonizados por el hormigón, el cemento, el asfalto, y en menor medida, la cal, los morteros en sus diferentes modalidades, y, cada vez en menor medida, tierra. La mayor parte de estas superficies nos devuelven gran parte de la radiación solar (albedo), mientras absorben calor hasta su límite para luego rebotarlo al ambiente.

Todos estos materiales, inertes, no asimilan, sino que acumulan para luego devolver, es decir, son una inmensa despensa de calor que recalientan sin límite el océano de aire en cuyo fondo se desarrolla la vida de las personas.

La vegetación, viva, y por tanto, interactiva a un nivel mucho más complejo con el entorno, interacciona con la radiación y su albedo, siendo capaz de absorber el calor, reducir el reflejo de la luz y modificar las condiciones climáticas generadas por el recalentamiento ambiental (humedad, radiación, viento, etc.).

La vegetación, viva, ayuda a las personas a depurar el océano de aire que ellas mismas intoxican a diario en su obcecado modo de vida.

Arborea aprovecha cualquier resquicio propicio para convertir la ciudad y los pueblos en algo más vivo, algo en sintonía con las necesidades básicas de las personas que viven en ellos, esto es, poder respirar bien, no tener que transpirar más de lo necesario, y poder disfrutar de un bello y amable paisaje en el fondo de su océano de aire.